MIENTRAS UNO RESPIRA, EL OTRO SE AHOGA.

POR Belén Fernández Salinger
03/09/2026

MIENTRAS UNO RESPIRA, EL OTRO SE AHOGA.

Te mando esto que escribí a ver si te gusta. Me voy a mimir

Hay momentos en los que la vida te permite contemplar las dos caras de una moneda al mismo tiempo.

Y es estremecedor.

Mientras veía cómo alguien empezaba a respirar, veía a otra persona que se ahogaba.

El mismo instante.
La misma realidad.
Dos verdades completamente diferentes.

Para uno era la salida de un túnel. Para el otro, la entrada.

Y los dos se amaban.

Quizá por eso me impactó tanto.

Estamos acostumbrados a pensar en términos de luz y oscuridad, alegría y tristeza, bueno y malo, pérdida y ganancia. Como si cada acontecimiento tuviera que pertenecer necesariamente a uno de los dos lados.

Pero la vida no funciona así.

A veces, la puerta que alguien necesita abrir para poder vivir es exactamente la puerta que derrumba el mundo que otro había construido.

Y entonces, ¿quién tiene razón?

Los dos.

Uno lleva quizá años caminando por un túnel que los demás ni siquiera sabían que existía. Ha tenido tiempo para hacerse preguntas, para tener miedo, para luchar consigo mismo, para desmontarse y reconstruirse. Y cuando finalmente encuentra la salida, respira.

Pero justo allí puede haber alguien que lo ama profundamente y que recibe entonces, por primera vez, una realidad que nunca había contemplado.

Para quien sale, el camino termina.

Para quien observa, acaba de empezar.

Uno dice: «Por fin».

El otro piensa: «¿Y ahora qué hago con todo esto?».

Y ahí descubrí algo que quizá olvidamos demasiado a menudo: la felicidad de alguien que amamos no siempre nos hace felices inmediatamente.

Qué difícil resulta reconocerlo.

Porque nos han enseñado a decir: «Si tú eres feliz, yo soy feliz».

Pero no siempre es verdad.

A veces podemos desear con toda nuestra alma que alguien sea libre y, al mismo tiempo, sufrir por la forma que adopta esa libertad.

Porque también nosotros habíamos construido una historia.

Habíamos imaginado un futuro. Habíamos colocado nombres a las cosas. Habíamos establecido certezas. Quizá incluso habíamos juzgado, rechazado o ridiculizado durante años aquello que ahora la vida deposita delante de nosotros y nos obliga a mirar de frente.

Y de repente hay que desmontarlo todo.

No porque el otro nos lo haga.

Porque la realidad acaba de demostrarnos que nuestro mapa ya no sirve.

Eso también duele.

Hay pequeñas muertes que no tienen cadáver.

Muere una expectativa.
Muere una certeza.
Muere una manera de comprender el mundo.
Muere el futuro que habíamos imaginado.

Y hay que hacer un duelo por algo que, paradójicamente, quizá esté permitiendo que otra persona nazca.

Qué contradicción tan extraordinaria.

Un nacimiento y una muerte sucediendo en el mismo lugar.

Uno respirando.

Otro intentando aprender a respirar de nuevo.

Y quizá amar de verdad tenga algo que ver con soportar esa contradicción.

Con no pedirle a quien finalmente ha encontrado la salida que vuelva al túnel para acompañarnos.

Pero tampoco exigirle a quien acaba de entrar que sonría y diga que allí dentro no está oscuro.

Tendrá que atravesarlo.

Tendrá que cuestionarse.

Tendrá que enfadarse quizá con la vida, consigo mismo, con aquello que creyó, con aquello que dijo, con aquello que juzgó.

Tendrá que caminar un trayecto que el otro ya recorrió.

Y necesitará tiempo.

No para impedir la libertad del otro.

Para reconstruirse él.

Tal vez la empatía empiece precisamente ahí: cuando dejamos de decidir quién tiene derecho a sufrir.

Cuando somos capaces de mirar a quien sale del túnel y celebrar que por fin pueda respirar, y después girar la cabeza, mirar a quien acaba de entrar y decirle:

También te veo.

Sin pedir al primero que retroceda.

Sin arrastrar al segundo hacia la salida.

Sin convertir a ninguno en culpable.

Simplemente comprendiendo que, a veces, la luz y la oscuridad no están enfrentadas.

Suceden al mismo tiempo.

Y quizá lo más impresionante de la existencia sea precisamente eso:

que mientras alguien nace, alguien está despidiéndose de aquello que creía conocer;

que mientras alguien encuentra su libertad, otro tiene que aprender a vivir en una realidad que jamás imaginó;

que mientras alguien, por fin, empieza a respirar,

alguien que lo ama profundamente

acaba de entrar en el túnel.

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