
POR Belén Fernández Salinger
06/02/2026
Hay un momento extraño en la vida que casi nadie cuenta.
No es cuando te dan un diagnóstico.
No es cuando te dicen que todo está bien.
No es cuando todo se rompe.
Es el momento de antes.
Ese tiempo suspendido en el que sabes que algo hay, pero no sabes qué nombre tiene.
Ese espacio en el que la vida sigue exactamente igual… y, al mismo tiempo, ya no es igual.
Estoy ahí.
Y lo que más me sorprende no es lo que pueda tener.
Es cómo lo estoy viviendo.
Porque hace años yo no habría reaccionado así.
Hace años habría corrido a hacerme todas las pruebas en privado, habría querido saber ya, habría buscado controlar la incertidumbre.
Ahora no.
Ahora espero.
No desde la resignación.
Desde la calma.
Y eso me tiene un poco alucinada.
No siento vértigo.
No siento pánico.
No siento negación.
Siento algo mucho más sencillo:
quiero saber la nota del examen.
Sin pensar si voy a suspender.
Sin pensar si voy a sacar matrícula.
Solo quiero saber.
Mientras tanto, la vida sigue.
Bajo a la calle.
Me siento en un banco.
Respiro.
Y al respirar me doy cuenta de algo que parece obvio, pero no lo es:
dependemos del aire.
Dependemos de algo externo para poder vivir en este cuerpo.
Inhalo lo que los árboles exhalan.
Exhalo lo que ellos necesitan.
No hay separación.
Ahí está la unidad.
No en discursos espirituales.
No en dimensiones abstractas.
En el aire frío que entra por la boca y llena los pulmones.
En el intercambio constante.
La existencia es un continuo.
Lo que más me sorprende no es aceptar la posibilidad de enfermedad.
Es no estar luchando contra ella antes de que exista con nombre.
Si es algo leve, seguiré igual.
Si es algo serio, lo atravesaré igual.
Eso no significa que no quiera vivir.
Al contrario.
Amo la vida como nunca la he amado.
Disfruto de cada instante pequeño:
un café, una conversación, el verde alrededor, el ruido de las olas en la Playa de Vega.
No quiero grandes despedidas.
Quiero cafés tranquilos.
Si algo me duele en esta espera no es el diagnóstico.
Es la posibilidad de que el miedo del entorno rompa esta serenidad.
No temo la enfermedad.
Temo el ruido.
Temo que el amor se convierta en pánico.
Que la protección se convierta en distancia.
Porque yo no necesito que me cuiden como paciente.
Necesito que me cojan la mano como hija, como madre, como ser humano.
He pasado por muchos escenarios en esta vida.
He sido cuidadora.
He sostenido pérdidas.
He querido irme cuando el cansancio era insoportable.
He reconstruido.
He amado de nuevo.
Y ahora, quizá, me toque estar del otro lado.
Eso no lo vivo como castigo.
Lo vivo como parte del continuo.
La vida no es una línea recta que sube hasta los 80 y luego cae.
Se puede romper a los 20, a los 30, a los 50.
La diferencia no es cuándo ocurre.
Es cómo lo habitas.
Y eso es lo que he aprendido.
No quiero morir.
Pero tampoco quiero vivir a cualquier precio.
Quiero calidad de vida.
Quiero dignidad.
Quiero coherencia.
Si algún día me voy, quiero hacerlo tranquila.
No peleando por miedo.
No sufriendo innecesariamente.
Quiero que quienes estén a mi alrededor recuerden esto:
mi madre vivió hasta el último día, pero no tuvo miedo.
No dejó drama.
Dejó presencia.
No quiero transmitir lecciones.
No quiero sermones.
Quiero que, si algún día mis hijos se enfrentan a algo difícil, puedan preguntarse:
¿cómo lo habría habitado mi madre?
Y que no recuerden mis palabras,
sino mi tono.
La serenidad no se enseña.
Se contagia.
La muerte, si llega, no es ruptura.
Es transformación de forma.
La forma no es lo importante.
Lo importante es el vínculo.
Ya no necesito mirar la foto de quien se fue para sentirlo.
Está en mí.
Del mismo modo, si un día yo no estoy en forma física, estaré en ellos.
Porque la existencia no es fragmento.
Es flujo.
Quizá todo esto merezca ser escrito antes de que haya diagnóstico.
Porque es interesante ver cómo se puede habitar la incertidumbre sin dramatizarla.
No porque sea mejor que nadie.
Sino porque he hecho un recorrido interno largo y duro para llegar aquí.
Y hoy puedo decir, sin arrogancia y sin falsa humildad:
Ole yo.
Ole yo por no estar huyendo.
Ole yo por no estar negando.
Ole yo por no estar dramatizando.
Ole yo por estar viviendo.
Si dentro de diez años leo esto y todo quedó en una revisión anual,
confirmaré que ya estaba donde tenía que estar.
Si dentro de diez años no estoy,
también estará bien.
Porque lo importante no es cuánto dura la ola.
Es cómo rompe.
Y yo ahora mismo estoy en el mar, no en la espuma.
La existencia es un continuo.
Y yo, de momento, la estoy habitando así.