
POR Belén Fernández Salinger
07/05/2026
Ayer escuché uno de esos anuncios de internet que hablan de frecuencias especiales, de sonidos ocultos, de lugares donde alguien meditaba y donde supuestamente se descubrió algo “místico” que no salió en los libros.
Y me hizo gracia.
No porque me burle.
Sino porque me di cuenta de cómo habría escuchado yo ese anuncio hace unos años… y cómo lo escucho ahora.
Hace tiempo probablemente habría pensado:
“¿Y si es verdad?”
“¿Y si existe realmente una frecuencia concreta que te ayuda a conectar?”
“¿Y si hay algo más detrás de todo esto?”
Y hoy, sinceramente, lo escucho desde otro lugar muchísimo más tranquilo.
No porque piense que el sonido no influye.
Claro que influye.
Hay músicas que relajan.
Hay sonidos que ayudan a bajar el ruido mental.
Hay melodías que tranquilizan incluso a un bebé que no entiende absolutamente nada de frecuencias ni de espiritualidad.
El cuerpo responde.
El sistema nervioso responde.
Eso es real.
Yo misma, al principio, necesitaba música para entrar en estados profundos de meditación.
Necesitaba sonidos suaves.
Necesitaba un ancla.
Porque cuando uno empieza a entrar realmente dentro de sí mismo, da miedo.
Y esto no suele contarse así.
Se romantiza muchísimo el proceso de “despertar”, de conectar, de sentir más allá… pero pocas veces se habla del miedo real que aparece cuando, de repente, cierras los ojos y notas que algo cambia de verdad dentro de ti.
No hablo de imaginar.
No hablo de actuar.
Hablo de sentir claramente que estás entrando en un estado distinto.
En mi caso hubo momentos en los que desaparecía completamente la sensación del cuerpo.
Y la primera vez que eso ocurre, asusta muchísimo.
Porque la mente interpreta:
“me estoy yendo.”
“voy a perder el control.”
“esto no es normal.”
Y ahí empiezan muchas fases.
La necesidad de entender.
La necesidad de ponerle nombre.
La necesidad de compartirlo.
Incluso la necesidad de convencer.
Porque cuando uno siente algo muy profundo, muchas veces quiere ayudar a todo el mundo.
Piensas:
“si yo pude sentir esta calma, tú también puedes.”
“si yo he llegado aquí, tú también.”
Y aunque la intención sea buena… termina agotando.
Porque cada persona tiene su momento.
Y porque nadie puede entender algo antes de estar preparado para vivirlo por sí mismo.
Eso fue una de las cosas más importantes que aprendí.
Que intentar convencer constantemente desgasta muchísimo.
Desgasta al otro…
y te desgasta a ti.
Con el tiempo entendí que no necesitaba demostrar nada.
Ni convencer a nadie de lo que siento.
Ni explicar continuamente lo que vivo.
Ni convertir mi experiencia en una bandera.
Simplemente sé lo que he vivido.
Y también entendí otra cosa:
que todas las fases son necesarias.
La música fue necesaria.
El ancla fue necesaria.
El miedo fue necesario.
La fascinación también.
Incluso las ganas de compartirlo compulsivamente.
Todo formaba parte del camino.
Porque al principio uno necesita apoyarse en algo.
Necesita referencias.
Necesita sentirse acompañado.
Necesita comprobar que no se está volviendo loco.
Pero llega un momento en que todo empieza a simplificarse.
Y entonces ocurre algo curioso:
lo que antes parecía extraordinario…
empieza a sentirse natural.
Ya no necesito música.
De hecho, muchas veces me molesta.
Ya no necesito rituales.
Ya no necesito buscar señales constantemente.
Ya no necesito explicar demasiado.
Porque el silencio dejó de darme miedo.
Y ahí comprendí algo que me cuesta muchísimo explicar con palabras:
que la nada también puede sentirse completa.
Un estado donde no necesito nada.
No anhelo nada.
No espero nada.
Simplemente estoy.
Y desde ahí, muchas cosas se ven muchísimo más claras.
No porque aparezcan respuestas mágicas.
Ni porque uno se convierta en un ser especial.
Al contrario.
Creo que la verdadera calma llega cuando dejas de necesitar sentirte especial por lo que vives.
Cuando ya no buscas convencer.
Cuando ya no necesitas que te crean.
Cuando ya no persigues despertar a nadie.
Y entiendes que quizá el proceso no consistía en añadir más cosas…
sino en ir soltándolas.
Primero necesitas:
la música,
las explicaciones,
las etiquetas,
las conversaciones eternas,
las confirmaciones.
Y después, poco a poco, todo empieza a sobrar.
Hasta quedarte simplemente contigo.
Y curiosamente, ahí es donde más paz he sentido.