CUANDO DEJAMOS DE HACER RUIDO

POR Belén Fernández Salinger
24/08/2026

CUANDO DEJAMOS DE HACER RUIDO

Son las cinco de la mañana y no puedo dormir.

Mi perro tampoco parece dispuesto a hacerlo. Está pendiente de mí.

Es un perro bastante independiente. No es de esos que necesitan estar permanentemente pegados a su humano. Sin embargo, desde que está pasando más tiempo conmigo he observado algo curioso.

Hay momentos en los que cambia.

Se acerca demasiado. Me sigue. Se inquieta. No quiere separarse de mí. Incluso alguna vez intenta montarme, algo que normalmente no hace.

Y unos minutos después, yo me encuentro mal.

No sé qué percibe. Ni siquiera sé si percibe algo que pueda explicar. Solo sé que el patrón se ha repetido varias veces.

Esta noche salimos a una finca. Podía correr, alejarse, olfatear, hacer todas esas cosas que hace un perro cuando tiene campo por delante.

No lo hizo.

Caminó pegado a mí.

Después llegaron mis problemas de equilibrio y de fuerza en las piernas.

Y mientras lo observaba recordé algo que ocurrió hace muchos años.

Después de mi primer ictus fui a ver a mi yegua. La conocía bien y ella me conocía a mí. Cuando me acerqué, cambió completamente su manera de moverse a mi alrededor. Lo hizo con una delicadeza extraordinaria, como si supiera que un movimiento brusco podía desestabilizarme.

¿Lo sabía?

No tengo ni idea.

Quizá percibía mi postura, mi manera de caminar, mi olor, mi tensión muscular. Quizá algo que yo ni siquiera sabía que estaba mostrando.

Y entonces pensé que quizá llevamos demasiado tiempo maravillándonos de que los animales sean capaces de percibir estas cosas cuando la verdadera pregunta podría ser otra:

¿Qué hemos dejado de percibir nosotros?

Los animales no necesitan construir una explicación para todo lo que sienten.

Observan.

Un cuerpo cambia y responden a ese cambio.

Una planta también responde a su entorno. Tocamos determinadas hojas y liberan sustancias y aromas. Reciben luz, humedad, temperatura, contacto, agresiones, y responden a ellas sin necesidad de elaborar ninguna historia acerca de lo que está sucediendo.

La vida lleva millones de años haciendo eso.

Percibir y responder.

Nosotros también somos vida.

Pero en algún momento llenamos el espacio entre una cosa y otra de palabras.

Muchas palabras.

Alguien dice:

—Me duele la barriga.

Y antes de preguntarle nada respondemos:

—Será porque comiste mucho.

No sabemos si comió mucho.

Alguien empieza a mostrarse irritable, negativo, insoportable incluso, y pensamos:

Qué pesado está últimamente.

Quizá lo esté.

Pero quizá debajo haya tristeza. Miedo. Agotamiento. Un problema del que todavía no sabe hablar.

No lo sabemos.

Ese es precisamente el problema.

No lo sabemos y, sin embargo, interpretamos antes de observar.

Y así podemos pasar horas hablando sin llegar a encontrarnos.

Hay comunicación.

Pero no necesariamente entendimiento.

Cada uno habla desde su historia, sus heridas, sus expectativas y su manera de interpretar el mundo. El otro escucha desde las suyas.

Dos personas pueden utilizar exactamente las mismas palabras y estar hablando idiomas completamente diferentes.

Estos días he necesitado recogerme.

No aislarme.

Sigo cuidando a mis nietos. Sigo haciendo mi vida. Sigo relacionándome con las personas que quiero.

Pero me he apartado un poco del ruido.

Y existe una diferencia enorme entre aislarse y recogerse.

Aislarse puede ser cerrar la puerta al mundo.

Recogerse es cerrar durante un rato algunas puertas para poder escuchar qué está ocurriendo dentro.

Durante mucho tiempo hemos confundido hacer esto con pensar demasiado.

«Le das demasiadas vueltas.»

«Te comes mucho la cabeza.»

«No analices tanto.»

Y quizá algunas veces sea exactamente al contrario.

Pararse no siempre es pensar más.

A veces pararse consiste precisamente en dejar de pensar.

Dejar durante un momento de explicar, justificar, anticipar, responder y clasificar.

Y mirar.

Cuando haces suficiente silencio empiezas a percibir cosas que estaban delante de ti todo el tiempo.

Un gesto.

Una manera diferente de caminar.

Una frase que no encaja con el rostro que la acompaña.

Una persona que dice estar enfadada y debajo parece profundamente triste.

Un silencio donde antes había palabras.

Un perro independiente que, de repente, no se separa de tu pierna.

Eso no significa saber qué está ocurriendo.

Y esta parte me parece fundamental.

Observar no es adivinar.

Puedo percibir tristeza en alguien y no tener la menor idea de por qué está triste.

Puedo notar que algo ha cambiado y equivocarme completamente al intentar explicar la causa.

Puedo intuir que sucede algo y después comprobar que mi interpretación no tenía nada que ver con la realidad.

Sentir no nos convierte en infalibles.

Quizá simplemente nos permite recibir más información antes de decidir qué significa.

Por eso cada vez me interesa menos tener razón y más aprender a mirar.

También a los demás.

Porque qué diferente sería relacionarnos si, en lugar de estar esperando nuestro turno para hablar, corregir, demostrar que sabemos o quedar por encima, tuviéramos verdadera curiosidad por comprender al que tenemos delante.

Quizá aprenderíamos muchísimo más.

De las personas.

De los animales.

De nosotros mismos.

No sé si esto se llama intuición, sensibilidad, observación o tiene cualquier otro nombre.

Tampoco me importa demasiado.

Sé que cuando hago silencio veo cosas que antes quedaban enterradas debajo del ruido.

Y también he comprobado algo:

cuando uno ve de verdad, después resulta muy difícil desver.

Quizá no necesitamos aprender una capacidad nueva.

Quizá ya estaba ahí.

Como está en tantos seres vivos.

Tal vez solo necesitamos dejar de hacer tanto ruido para volver a escucharla.

Esta madrugada empecé preguntándome cómo sabía mi perro que algo no iba bien conmigo.

Y he terminado haciéndome otra pregunta:

¿Cuántas cosas sabríamos nosotros si aprendiéramos, simplemente, a mirar?

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